Ciencia Propia

Energía, feminismo y ambiente. Una agenda posible en la CNEA para un futuro sustentable, soberano e inclusivo

Por Adriana Serquis

La transición energética es uno de los grandes desafíos para la mitigación del cambio climático, para lo cual necesitamos una matriz limpia y sustentable. Esta transición también puede ser una oportunidad para el desarrollo. En particular, la energía nuclear es parte de la solución, pero aún no es bien vista en todas las esferas de la opinión pública, por lo que necesitamos abrir ese debate. Por otra parte, los ámbitos de debate relativos a la energía suelen ser espacios masculinizados y con poca participación femenina. La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) no resulta ajena a esta situación y es necesario crear equipos de trabajo diversos y complementarios que trasciendan y abordar las problemáticas y discusiones con perspectiva de género. Con la nueva gestión se busca poner en debate el rol de la energía nuclear desde esa mirada y darle precisión al rumbo estratégico. El principal objetivo de la CNEA es recuperar el lugar de protagonismo en el sector nuclear y acompañar un proyecto de país con desarrollo social e industrial, inclusión y ampliación de derechos. 

Entre los grandes desafíos que enfrentamos de cara al futuro nadie duda que la transición energética se ha ganado un lugar entre las frases que son necesarias y están de moda. Sin embargo, todavía faltan muchas respuestas acerca de cómo es posible hacer esa ansiada transición, que no es un pase mágico, sino que implica cambios paulatinos hacia lo que llamamos una matriz limpia y sustentable.

La matriz energética es la que representa el porcentaje de cada una de las fuentes primarias desde la cuales se obtiene la energía necesaria para cualquier actividad humana. En el promedio mundial, y la Argentina no es una excepción, los combustibles fósiles (carbón, gas y petróleo) representan más del 80% de la demanda de energía, y son las principales responsables de la emisión de gases de efecto invernadero. La evolución esperada y comprometida en el acuerdo de París de 2015 para la mitigación del cambio climático, es la reducción del uso de esos combustibles fósiles para minimizar el aumento de temperatura del planeta.

La Argentina ocupa el puesto 153 del ranking de países de acuerdo a su emisión de dióxido de carbono (CO2), por los que no se lo considera entre los países con una gran deuda ambiental. Aun así, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sustentable (MAyDS), respondió al llamado de “aumentar la ambición climática”, y se propuso como meta para 2030 limitar las emisiones de gases de efecto invernadero a un nivel 26% inferior a la Contribución Determinada Nacional previamente comprometida en 2016 “con el objetivo de alcanzar un desarrollo neutral en carbono en el año 2050”.

Como fue explicado por Ana Julia Aneise  “la transición energética puede ser también una oportunidad y una palanca para el desarrollo” y para ello es necesario tener en cuenta cuatro pilares que deben permanecer equilibrados: seguridad energética, equidad energética, sostenibilidad ambiental y el desarrollo tecnoindustrial. 

Si bien desde la Secretaría de Energía se está realizando una muy buena labor estableciendo una hoja de ruta y un análisis del rumbo para lograr los cambios necesarios para transformar la matriz, debemos enfrentarnos a constantes cuestionamientos de diversos sectores (ambientalistas, intereses económicos externos, entre otros), que deben ser respondidos para lograr avanzar en la agenda energética. Muchas veces es difícil definir cuál es el menor impacto negativo de la actividad humana en el ambiente en relación al impacto positivo en la calidad de vida del pueblo.

Cada decisión de incorporar nuevas posibilidades para una matriz energética con mayor tecnología (una nueva central nuclear, una planta de producción de hidrógeno, nuevas fuentes de hidrocarburos, parques eólicos, etc.) debe garantizar su disponibilidad, ser económicamente viable y prever una emisión de dióxido de carbono compatible con la defensa del ambiente. En este sentido, los cuestionamientos ambientales deberán ser intelectualmente honestos y guardar relación con el equilibrio de los cuatro pilares mencionados por Aneise. Ya no hay duda que, dentro de las opciones tecnológicamente disponibles, la energía nuclear es parte de la solución, como fue reconocido recientemente por el Parlamento Europeo.

Las palabras “nuclear” y “atómica” atraen y repelen por su gran potencia creadora y destructora. La medicina nuclear indudablemente salva vidas y la energía atómica nos da una gran oportunidad de desarrollo, pero también ha sido responsable de muchas muertes, aunque muchas menos que las que imaginamos en comparación con las actividades humanas relacionadas con otras fuentes de energía.

Otro aspecto a sumar a la discusión es el hecho de que los ámbitos de debate en el sector energético no sólo suelen ser ámbitos muy masculinos, donde las opiniones femeninas suelen ser desestimadas, sino que los modelos de toma de decisiones también gozan de una mirada patriarcal y hegemónica que impide muchas veces que se pueda arribar a soluciones que incluyan la multiplicidad de miradas y redes de trabajo de diferentes instituciones. Las mujeres solemos recibir explicaciones (“mansplaining”) porque, según esa concepción hegemónica, adolecemos del conocimiento técnico específico y se desestima que, en general, estamos dispuestas a escuchar las diferentes alternativas para llegar a consensos y avanzar en soluciones de manera sólida y sostenida, independientemente de quién lidere. Esta forma virtuosa de obrar sólo es posible si podemos crear equipos de trabajo diversos y complementarios, que trasciendan a esos, o esas, líderes. Por otro lado, hay muchos estudios que muestran la existencia de impactos diferenciados de los efectos del calentamiento global sobre hombres y mujeres, lo que exige que discutamos políticas públicas de adaptación y mitigación que reconozcan estas diferencias, y por el contrario, es justamente, en los temas relacionados con la producción de energía, donde no se está hablando desde un enfoque de género necesario. Desde la CNEA buscamos poner en debate el rol de la energía nuclear en nuestro país con esa diversidad de miradas.


Distribución de edades en el personal de CNEA a mediados del año 2021.

Desde la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) buscamos poner en debate el rol de la energía nuclear en nuestro país con esa diversidad de miradas.

A partir de los años noventa, en los que la CNEA se dividió en tres instituciones, la autoridad regulatoria (ARN), la operadora de centrales (NA-SA) y la CNEA “residual”, y debido a la ausencia de una política de incorporación, sumado a la falta de consideración del factor de envejecimiento del personal, se sigue perdiendo el capital intelectual del sector. A pesar del resurgimiento del plan nuclear en el período 2006-2015, en el año 2021 el histograma poblacional de la Institución mostró una fuerte caída del personal con edades entre cincuenta y sesenta años, producto del impacto del vaciamiento de los años noventa. Este vaciamiento no ha sido compensado e implica un alto riesgo de pérdida de conocimiento específico acumulado en el sector nuclear que aún no ha podido ser transmitido a las nuevas generaciones, lo que genera un riesgo crítico de pérdida de capacidades acumuladas. Por otro lado, la brecha y la disparidad en términos de género y diversidades también acentúa una dificultad de abordaje de todas las problemáticas sustantivas de la institución con una perspectiva amplia que permita encontrar propuestas de soluciones a todos los desafíos. Estos desafíos no incluyen solamente los desarrollos relacionados con la generación de energía sino también de otras aplicaciones nucleares, tanto del ámbito de la salud como de otros desarrollos industriales. Por eso es que nos proponemos trabajar en un plan de acción en línea con los objetivos del Plan Argentina Productiva 2030 que tiene como objetivos la mejora de la productividad, la generación de trabajo, la sustitución de importaciones y la exportación con agregado de valor creciente en los ámbitos de conocimiento que nos competen.

La situación de CNEA de los últimos años estaba caracterizada por una falta de claridad en el rumbo estratégico, con la mayoría de las áreas sustanciales totalmente aletargadas. Al final del gobierno de Cambiemos nos encontramos que los principales proyectos como el reactor modular CAREM, el reactor multipropósito RA-10 o el centro de protonterapia, se encontraban detenidos o habían sufrido una sustancial falta de financiamiento. En la misma situación se encontraba la Planta de Agua Pesada de Arroyito que, luego de una parada por mantenimiento en 2017, quedó detenida y en mantenimiento preventivo desde 2019. Además de la situación presupuestaria y financiera, cabe agregar la falta de informes institucionales que den cuenta del estado de situación de las gestiones en curso y compromisos asumidos.

Al diagnóstico de la situación actual se debe sumar la debilidad del sector nuclear ante la opinión pública, donde la producción de energía no siempre es considerada limpia y respetuosa del ambiente. También resulta un problema la constante pérdida de conocimiento y prestigio técnico de la CNEA y un sector nuclear que se encuentra desarticulado. Por lo tanto es necesario que pongamos toda esa capacidad y prestigio científico-técnico al servicio de un desarrollo con inclusión social. Necesitamos abrir el debate para volver a tener un ciclo de combustible soberano, capaz de realizar desde la extracción de uranio para abastecer nuestras centrales hasta el depósito final seguro.

Es necesario revisar las opiniones que postulan que las grandes centrales deben ser dejadas de lado porque son inviables y que sólo se debe continuar por el camino de las centrales pequeñas modulares (tipo SMR, por sus siglas en inglés) como el CAREM, como nos indican algunas voces extranjeras. Notamos con entusiasmo el incremento en el interés mundial por estos reactores, en particular por el aporte que pueden realizar a la transición energética, proveer energía limpia, segura, descentralizada y a un costo menor que las grandes centrales nucleares. Esto nos permite afirmar que el tamaño de la central CAREM y sus componentes permiten maximizar la fabricación de los mismos en la Argentina, la creación de trabajo de calidad argentino y el potencial ingreso de divisas de su exportación. Sin embargo, hay datos como los del reporte del Director General de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) que indican que “de las 52 centrales nucleares actualmente en construcción, solamente dos prototipos son de tipo SMR: el Lingong en China y el CAREM en Argentina. El resto son centrales nucleares similares al Hualong o del tipo CANDU”. Identificar cuál es la independencia/dependencia energética y monetaria que tendremos con esas decisiones, en pos de contar con fuentes con menor emisión a un mediano plazo, es parte de los debates que debemos darnos, y es posible que la respuesta esté en la diversificación y que todas las posibilidades sean necesarias.

Esta mirada implica sumar capacidades para lograr la continuidad desde el sector nuclear en usos pacíficos como ha sido siempre parte de nuestro desarrollo. Como mencionó en un artículo reciente Diego Hurtado, el objetivo es seguir contribuyendo a “un país competitivo en segmentos de alto valor agregado”, en una “Argentina, donde la CNEA evolucionó, se expandió y diversificó en lo que podríamos llamar un ecosistema nuclear”. Nos encontramos trabajando en volver a poner a la CNEA en un lugar de protagonismo en este ecosistema, generando y fortaleciendo vínculos de la Institución con otros organismos del Sistema Científico Nacional, en todo el territorio nacional, con el necesario apoyo del gobierno nacional a una política de estado que requiere continuidad.

El día 7 de junio de 2021 comenzamos a conformar el equipo de la actual conducción de la CNEA, con el objetivo de impulsar un proyecto institucional para enfrentar los desafíos aquí planteados. A partir de entender que el recurso más valioso con el que cuenta la Institución es el conocimiento acumulado en sus recursos humanos y el desarrollo de su personal, que han hecho posible 72 años de aporte al desarrollo del Sector Nuclear de la Argentina, nos propusimos conjugar el crecimiento de la Institución a la par de quienes trabajamos en ella. Es así que buscamos impulsar una integración sinérgica de la Institución, tomando como base el modelo de Jorge Sabato, donde sea posible lograr el desarrollo simultáneo y coordinado desde la diversidad de actores y componentes, con una política científica y tecnológica que continúe en el camino del desarrollo de la soberanía energética y la autonomía tecnológica. Tanto la CNEA como el resto de las instituciones y empresas asociadas deben ser capaces de aportar a la construcción de un sector nuclear que pueda acompañar y potenciar un proyecto de país con desarrollo social e industrial, con inclusión y ampliación de derechos.

Adriana Serquis

Presidenta Comisión Nacional de Energía Atómica, Doctora en Física (Instituto Balseiro), Postdoctorado (Los Alamos National Laboratory).  Investigadora Principal CONICET. Profesora de la Universidad Nacional de Río Negro y del Instituto Balseiro. Presidenta Asociación Argentina de Cristalografía, Directora Instituto de Nanociencia y Nanotecnología (CNEA- CONICET).